Cuarta de Adviento. María.

 Hay tan poquito que sabemos de María. ¿Quién fue María? Y, a la vez, hay mucho que las Escrituras nos dejan entrever. Mucho más de lo que de primeras parece, y de lo que, en general, pensamos.


Para empezar, se alaba mucho su obediencia y su docilidad. ¿Pero sabemos de qué estamos hablando? No se trata de una sumisión al puro estilo humano. Si María fuese la mujer sumisa, tranquila y perfecta que a veces se nos quiere intentar vender, hubiera temido seguir la voluntad de Dios por estar bajo el mando de su prometido o de su padre. No olvidemos que, en la época y el lugar, la mujer era pertenencia del hombre. Primero del padre, luego del marido, y, si enviudaba, entonces del hijo (y, de ser viuda y no tener hijos, era una excluida social). El “sí” de María es una auténtica revolución. Aceptar tener un hijo fuera del matrimonio la pone en riesgo de repudia, de exclusión, e, incluso, de muerte. ¿Cuánta gente creéis que le creería al contarle su situación?


Y así, María se va, se va con Isabel, a un lugar donde puede compartir su vivencia sin sospechas, donde pueden acompañarse y apoyarse mutuamente ante las habladurías de los demás. Pues ambas han hecho una experiencia fuerte de Dios, han sido confiadas y encomendadas a una misión. El “sí” de María, como el “no” de Isabel a la hora de poner el nombre a su hijo Juan, marcan uno de esos hitos de lo que puede ocurrir en el mundo cuando aceptamos la voluntad de Dios. Y no nos equivoquemos, esto que se dice con tanta facilidad y tanta alegría, va completamente en contra del mundo. María e Isabel fueron como salmones, nadando a contracorriente. ¿Quién se atreve a ir en contra de su propia familia de sangre? ¿Quién se atreve a mantener su palabra con determinación ante la puesta en duda de los demás? Sólo pueden o bien alguna persona muy necia, que al final se llevará un golpe de realidad, o alguien que ha tenido una experiencia de sentido tan fuerte que sabe que esa es la única verdadera opción (y, aún así, es una elección libre, eligiendo la plenitud de consciencia, de respuesta, de vida).


Pero María nos enseña aún más cosas en su historia. Y es que, dijo que sí, pero ¿por qué creemos que eso es un camino de rosas y de perfección? Gracias a Dios, el Señor elige personas sencillas y humildes, que también se equivocan. Dios no busca la perfección, busca que se confíe en su propuesta, en su guía, que se le escuche (“Shemá, Israel”), que se tengan los sentidos abiertos a la Vida a la que invita. Pero el mundo de la fe no tiene meta final ni es lineal:


  • María tuvo a su hijo en una situación de pobreza extrema. A veces lo idealizamos, pero, ¿cuánta hambre pasarían? ¿Cuánto frío? ¿Caemos en la cuenta de lo que implica de verdad que Jesús haya nacido en un pesebre? ¿De lo que significa dar a luz y dormir/vivir en tal situación de escasez y necesidad?

  • María olvidó a veces que su niño era el Hijo del Dios vivo y que estaba llamado a grandes cosas. Así, cuando lo estuvieron buscando desesperadamente después de perderlo en el Templo, de primeras no entendió a qué se refería cuando Jesús le dijo que debía estar en las cosas de su Padre.

  • María no siempre comprendió, y a veces incluso se equivocó, como cuando fue a buscar a su hijo, que decían que estaba loco o poseído por un demonio, y Jesús no salió a recibirla, aludiendo que su familia era aquella que seguía la voluntad de Dios.


Aun así, María mantuvo una actitud creyente: iba guardando en su corazón las palabras proféticas que escuchaba o le dedicaban, iba meditando y reflexionando, iba aprendiendo a escuchar y a seguir caminando, aprendiendo de sus errores. Y así, se quedó acompañando hasta el final, hasta la misma cruz.


Me parece que es una auténtica alegría y bendición poder devolver a María su multidimensionalidad. Poder romper los ídolos que nos creamos de ella y devolverla a su humanidad. Poder verla como una persona sencilla, que no simple, con sus luces y sus sombras, con sus aciertos y sus errores, pero manteniendo el corazón abierto a la esperanza, a esa voz que brota de nuestro interior más íntimo nuestro y nos guía hacia la Verdad, hacia la Plenitud, hacia la misma voluntad de Dios.


¿No es un consuelo para una madre cualquiera, de hoy o de cualquier época, tener un ejemplo como María? Pero no por lo sumiso y obediente, entendido de manera simplista y en dos dimensiones, sino por la incertidumbre, por las dificultades, por la confianza en un Dios que no abandona. Por el seguir caminando e intentándolo, con fe, con confianza, aún cuando hay momentos de incomprensión o diferencias con quien salió de sus entrañas.


¿No es un consuelo para una mujer cualquiera, de hoy o de cualquier época, tener un ejemplo como María? Pero no por su dimensión de cuidado, entendida como una entrega sin vida, o como una muñeca de porcelana, delicada, que nunca se enfada, que no se atreve a decir lo que piensa, sino, más bien, por romper los patrones y estigmas, por la valentía de ir en contra de las leyes de su tiempo, por la revolución de marcharse, sola, a donde sí la entienden y profundizar en su experiencia de plenitud. Por cuidar, sí, pero desde el amor y la libertad verdaderos.


¿No es un consuelo para una persona cualquiera, de hoy o de cualquier época, tener un ejemplo como María? No por ser la reina inalcanzable y perfecta que está sobre nosotros, sino, precisamente, porque, al lado de Jesús, que no sólo es puramente humano sino que también es puramente Dios, tenemos a una mujer que sólo es humana, y que, desde su debilidad y sencillez humana, posibilita y facilita que el plan de Dios se lleve a cabo en el mundo. ¿No significa eso que cualquier persona puede conseguir lo mismo, si se deja hacer?


Dios, en ella, nos deja claro que no le importa lo poco que tengamos, no le importa que seamos Don Nadie o que vengamos del lugar más irrelevante del mundo, lo único que le importa y quiere es nuestro “sí”. María, con su ejemplo, nos dice que podemos desafiar el mundo entero con el favor de Dios, y que, si seguimos su voluntad, nos sentiremos dichosas y dichosos, como expresa en el Magnificat, porque en la libre aceptación de nuestra Misión es donde está la verdadera Vida.


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